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La palabra lujuria evoca inmediatamente imágenes de cuerpos
desnudos, deseos lascivos y orgías desenfrenadas. Tal vez, porque
nos hemos quedado estancados en la primera acepción de la palabra:
"apetito desordenado de los deleites carnales". No es de extrañar;
en el antiguo catecismo de estudio obligatorio, se decía al hablar
de las virtudes correspondientes a los "pecados capitales":
"contra la lujuria, castidad". Sin embargo, la segunda acepción
de la palabra, según el Diccionario de la Real Academia Española,
"exceso o demasía en algunas cosas",
se corresponde mucho más con las características del "lujurioso"
del eneagrama, que otros llaman "el jefe",
"el desafiador", "el vengativo", "el justiciero"
o "el avasallador". Todos ellos son adjetivos que corresponden
al eneatipo Ocho, que, junto con el Uno y el Nueve, se hallan dentro
de los caracteres más dominados por el
impulso y el instinto que por los sentimientos o la mente. Lo
que distingue al "lujurioso" es su enorme
apetito por vivir.
El exceso del "lujurioso"
es esencialmente un exceso de intensidad existencial,
una huida del aburrimiento, de las medias tintas, de la griseidad y,
sobre todo, de la ternura y del amor, que es lo que más necesita,
pero lo que, al mismo tiempo, más vulnerable le hace. Y así
como cada carácter tiene su tabú, el del Ocho sería
la vulnerabilidad y la debilidad. Eso es lo que más temen, y
su escudo y protección ante este miedo sería su actitud
permanente de dominación y de poder. Así pues,
esta pasión de intensidad no se manifiesta exclusivamente como
una lucha por el estímulo sexual -aunque, también-, sino
principalmente por la continua persecución de estímulos
vitales de toda clase: grandes proyectos, luchas encarnizadas, reacciones
desmedidas, altas velocidades, música a todo volumen, desprecio
del peligro y hasta del propio cuerpo, rozar la muerte, propia o ajena...
Lo que sea, con tal de sobrestimularse y de evitar la auténtica
interiorización, compensando con ello una falta de vitalidad
de fondo, que es difícil de apreciar en medio de tanto vendaval.
Una imagen muy gráfica sería la de los estereotipos mejicanos,
cuyo "carácter nacional" podría muy bien representar
el tipo Ocho. De las películas nos queda la aparente indolencia
de hombres sesteando bajo grandes sombreros y un sol de justicia. Pero,
en cualquier momento y por un "quítame allá esas
pajas", de repente se arma la marimorena, el tiroteo, la "balasera".
Un amigo me contaba que un día invitó a un tequila a un
mejicano que acababan de presentarle en México DF. Tras apurarlo
de un trago, éste quiso corresponder, invitando a su vez. Era
tarde, y mi amigo declinó la invitación dando amablemente
las gracias; tenía que madrugar al día siguiente. Sin
inmutarse, el otro sacó con calma su pistola del cinto, la puso
cuidadosamente encima de la mesa y, mirando fijamente a los ojos del
pasmado gachupín, se limitó a decir: "Pues dije que
te invitaba e insisto". Sobra decir que la velada se prolongó
entre invitaciones y contrainvitaciones, bromas, cantos y escandalosas
risotadas. Entre los chistes de la improvisada juerga, uno rebela muy
bien el rasgo de insensibilización a lo macho ante el dolor:
Alguien está tendido en el suelo desangrándose. Un compatriota
que pasa por allí le pregunta: "¿Te duele, mano?".
"Pues no más que cuando me río", responde el
herido poniéndose la coraza de "a
mí no me afecta nada" o "yo
puedo con todo" y "no necesito
ayuda de nadie". No es una coincidencia el que los mexicanos
celebren durante varios días -del 31 de octubre al 2 de noviembre-
su peculiar concepción de la muerte, a la que llaman guasonamente
la "pelleja", la "calva" o la "flaca",
y la vistan de charro con sombrero y guitarra.
El carácter Ocho suele tener como fondo un niño o una
niña que crecieron en una familia disfuncional o de rígida
disciplina militar, vivieron la violencia de algún miembro
de la familia -normalmente un padre brutal, insensible o exigente y
frío- o respiraron la atmósfera de barrios marginales.
El poso que queda, siendo adulto, es el de haber sido profunda e injustamente
heridos y un sentimiento de sorda venganza contra
el mundo: si el mundo es cruel, en él sólo
pueden sobrevivir los fuertes; es la ley de la selva; prefiero
comer a ser comido, hacer sufrir a sufrir. De aquí que el extremo
patológico de este carácter sería el correspondiente
al fálico-narcisista, al sádico o al antisocial.
La rebeldía de los Ocho no es racional, no procede en general
de una ignorancia de las leyes y de la moral, ni de un análisis
de su injusticia o de su imperfección. No. Es
absolutamente visceral. Existe una especie de anestesia
moral que les hace incólumes a la culpa. En todo caso, si culpa
hubiera, la tienen los demás. En proyectar la culpa son especialistas.
Ellos son como elefantes en una cacharrería o en medio de un
corral: que pongan los cacharros fuera de su alcance y que se aparten
los pollitos; el que se arriesgue bajo su implacable pisada se tiene
bien merecido el morir aplastado, por cruzarse en su camino.
Los hombres que he conocido de este tipo son más bien estilo
oso: fuertes, poderosos, lentos, determinados; viven
el instante de su necesidad o de su venganza y se
zampan una colmena como si las abejas fueran mosquitos, después
se limpian el hocico y se echan a dormir. Las pocas mujeres que recuerdo
son como hipopótamos o como panteras: avanzan pesadamente desplazando
el agua en que se bañan y ahuyentando pirañas y cocodrilos,
o con un movimiento felino se limitan a ocupar sutilmente el aire que
necesita su aura para establecer una distancia segura a su alrededor.
Es casi imposible verlos en una terapia y difícil codearse con
ellos en un curso de formación, pues suelen considerarse autosuficientes.
Si uno quisiera encontrarlos en grupos y no como especimenes raros y
aislados, habría que buscarlos en una Conferencia de jefes de
Estado, una conspiración de terroristas, unas negociaciones entre
tiburones financieros, una asamblea sindical o un Encuentro de gurús.
Es obvio que las actividades de cualquiera de los grupos mencionados
es cualquier cosa menos rutinaria y exige un cierto grado de independencia
y autonomía, una imagen autoasertiva y un estar relativamente
por encima las leyes, ya sea porque se tiene poder para cambiarlas,
violarlas, aprovecharse de ellas, mejorarlas o superarlas con otro sistema
de valores que se pone por encima. En todos los casos, hay poder
y confrontación, incluso en el caso del gurú: en
el falso gurú, confrontación con los discípulos;
en el gurú sincero, confrontación con sus propias pasiones
y eliminación final del ego. Curiosamente, el Ocho es alguien
que, desde pequeño, aprendió a desconfiar del poder hasta
llegar a no creer en él. Sin embargo, toda su vida parece orientada
al poder, pues el propio poder es el único en el que confían.
Entre los personajes históricos, destacan Stalin, del que Lenin
llegó a escribir que era "demasiado brutal y grosero para
ser líder del Partido Comunista"; Enrique VIII, que puso
su poder al servicio de sus satisfacción personal: se divorció
y ajustició a sus esposas a conveniencia y se hizo nombrar Jefe
de la Iglesia de Inglaterra, separándose de Roma, con el pretexto
de que el Papa no había sancionado el nombramiento real del arzobispo
de Canterbury. Entre los Ocho más evolucionados, Marx o Garibaldi
promovieron otro tipo de revolución, motivados por el amor y
el idealismo antes que por el odio o la pasión personal de poder.
El célebre Rasputín -que significa "libertino"
y que ejerció una gran influencia sobre la familia imperial rusa-
instituyó un culto religioso en el que la promiscuidad sexual
se utilizaba con fines espirituales, en un auténtico intento
de transmutar la lujuria. Esta confrontación con las "verdades"
establecidas de cada época también fue característica
de Fritz Perls, creador de la terapia gestalt, que hubo de enfrentarse
a los dogmas freudianos y psicoanalíticos del momento; al centrarse
en el "aquí y ahora", pudo trascender su sed de intensidad,
dejando al mismo tiempo una huella perdurable en la cultura y una filosofía
de vida realmente terapéutica...
Como ocurre con el resto de los eneatipos, también en las personas
dominadas por esta pasión, existen diferencias de rasgo, entre
los "sexuales",
los "sociales"
y los "ocho conservación".
Los primeros se caracterizan por ser más provocadores
y desafiantes. Consideran que las personas que se dicen
buenas son simples hipócritas. Tienden a tiranizar a los que
le rodean, a los que han seducido previamente con su energía
avasalladora y su palabra determinante; también es posible que
lo hagan con una conceptualización brillante, construida con
síntesis de lecturas, experiencias personales y observaciones
perspicaces de los fallos y debilidades de los demás. No es extraño
encontrar gurús y gurusas de este rasgo, que mantendrán
sucesivas relaciones sexuales con discípulas o discípulos
bajo el manto justificativo de iniciaciones tántricas o de estar
buscando el rostro del Amado o el arquetipo masculino detrás
de cada relación.
Los "sociales"
suelen ser más hedonistas
y tienden a aprovecharse del otro de un modo más mercantilista.
Al ser algo más moralistas, hasta el punto de parecer puritanos,
casi no parecen estar dominados por la lujuria. Es posible incluso que
les guste el nido familiar. En todo caso, la amistad y los lazos de
complicidad como uno de los valores principales de la vida hace que
se parezcan a algunos Seis, pero su lealtad puede llevarles a arriesgar
sus vidas, y esto les diferencia de las personas dominadas por el miedo.
Los "ocho conservación"
serían los más insensibles,
pues su voluntad es la ley. Como dice la canción, "con dinero
o sin dinero, hago siempre lo que quiero y mi palabra es la ley..."
y al final "sigo siendo el rey". Sus mecanismos de supervivencia
y de conservación de su espacio personal les llevaría
a pasar por alto las necesidades ajenas y, en casos extremos, a la eliminación
física de los "obstáculos", como en el caso
del ya mencionado Enrique VIII de Inglaterra.
Características comunes a los tres rasgos serían la arrogancia,
el autoritarismo, la dificultad de recibir y una cierta actitud de venganza
inmediata, que no de rencor y resentimiento retenidos. En todo
caso, su venganza de fondo sería la de triunfar a toda costa,
la de devolver así a la sociedad o a la familia las humillaciones
recibidas o las carencias no compensadas. No suelen ser discutidores,
pues están seguros de su verdad y no se dignan a perder el tiempo
en convencer a los ignorantes de sus errores, que ellos consideran errores
ciegos o interesados. La diplomacia no es su fuerte, sino la temeridad
en sus afirmaciones y acciones. Sus necesidades pasan por encima de
las de los demás y difícilmente admite la crítica.
En el fondo de todo, subsiste una envidia sorda y generalizada: no envidian
cosas concretas de los que les rodean, sino el hecho de sentirlos incluidos
en la vida, de la que ellos mismos se marginan al protegerse tanto de
los sentimientos humanos más simples y positivos como el cariño
o la ternura.
En el ámbito social, Claudio Naranjo expone con magistral perspicacia
la doble cara de esta pasión: por un lado, la actitud antisocial
y rebelde manifestada en la criminalidad de las personas que se salen
del control social y que no actúan según las leyes, porque
no las admiten (robos, asesinatos, violaciones, actos terroristas).
Por otro, "la violencia en la que la explotación tiene lugar
bajo el disfraz de lo social, en el seno de las instituciones, sustentando
un poder secreta o explícitamente explotador". Su raíz:
el dominio masculino de nuestra civilización, que ha producido
el "desequilibrio interno de la psiquis individual, la represión
de las emociones y el racionalismo... El poder hoy día no está
de manos de matones con mucho músculo; no necesitamos gente tan
insensible, cuando tenemos cañones y mísiles, y cuando
hemos aprendido a insensibilizarnos masivamente. No necesitamos generales
con un carácter sádico, ya que matar se ha hecho algo
tan común". Gran parte de los recursos humanos están
desviados a la industria de la guerra, mientras se perpetúan
el hambre y la pobreza.
Pero existen salidas en el dominio individual y colectivo. Un Ocho podría
empezar tomando conciencia de que su preocupación
por la justicia le hace polarizar el mundo entre amigos y enemigos.
Si cuenta diez antes de reaccionar, tal vez empiece a aprender el valor
de la interiorización para ver su parte de responsabilidad en
cualquier situación en la que tiende a culpar siempre al "otro".
El siguiente paso sería poder reconocer sus propios errores y
disculparse por ellos. Una actitud receptiva
sería la vacuna adecuada contra la búsqueda del poder
y el placer de dominar, que ha convertido en sustitutos del amor y del
ser.
Richard Risso y Russ Hudson afirman que, cuando los "ocho"
dejan aflorar su vulnerabilidad, conectan con su miedo básico
a que les hagan daño o los dominen. Cuando se liberan a continuación
de este miedo, se disuelven la autoconfianza y la prepotencia y aparece
la verdadera fuerza esencial. Esto permite que abracen una causa más
grande y los convierte en seres heroicos como Martin Luther King Jr.
o Nelson Mandela. Un Ocho evolucionado nos recuerda "la
sencilla alegría de existir, la exquisita satisfacción
de estar vivos, sobre todo en el plano primordial, instintivo".
Cuando abandona su voluntariedad, descubre la voluntad divina, de donde
procede su verdadera fuerza. Es entonces
cuando aparece la INOCENCIA, como simple
encarnación desenfadada de la verdad.
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"Pasiones Capitales" es un aporte de
Alfonso Colodrón - Terapeuta Gestáltico y Consultor
Transpersonal. |
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EL
PODER
Con mirada dura y desafiante, pisando al que se le enfrenta sin
contemplaciones, sostiene a un bebé -símbolo a su
vez de la inocencia: su virtud- al que protege, pero con mano
dura, mano de hierro.
La ostentación del poder representada con el trono, el
cetro y las joyas -ambos trabajados en pan de oro- junto con los
colores pasionales y la fuerza del gesto contrastando con la blancura
de la piel del bebé, dan el impacto visual que el poder
requiere.
El número 8 está escrito en tamaño muy reducido
en la hebilla de su cinturón. La técnica utilizada
es óleo, collage y pan de oro sobre tabla. Sus medidas
son 100 x 75 cm.
La ilustración pertenece a la serie"Nueve
Pasiones" de Ana
Roldán, pintora española especializada en el
retrato y la acuarela, que comienza ahora una nueva andadura en
su pintura, en la que se integra todo lo aprendido, todo lo vivido,
y en donde se funden los tres centros vitales: el emocional, el
intelectual y el visceral, para representar así, intuitivamente
a unos personajes cargados de simbolismo y color, en todas sus
facetas espirituales y psicológicas. Más información
de la autora en su sitio web www.anaroldan.com.
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