LAS PASIONES CAPITALES
5. LA AVARICIA
En "Afterzen, un libro de gran agudeza y socarronería,
que desmitifica, entre otras muchas cosas, la vida cotidiana de los
maestros Zen y sus discípulos, su autor, que pasó muchos
años en Japón, al describir a uno de los muchos buscadores
espirituales que desfilan por el desgranado de sus vivencias, perfila
algunos rasgos atribuidos a las personas cuya pasión capital
es la avaricia y que el eneagrama designa como Cinco.
Ben-san es un estadounidense que, tras su vuelta de Japón,
sigue practicando Zen en una pequeña pagoda construida por él
y perdida en medio del bosque, viviendo como un ermitaño. En
el primer piso, sólo unos pocos muebles. El segundo y el tercero
están vacíos y sin puertas. Para ganarse
la vida, "trabajaba durante parte de los veranos, alojándose
en casa de los patrones gratuitamente, ahorrando algunos dólares...
Pasaba la primavera, el otoño y el invierno con poca cosa, recluido,
rodeado de vida salvaje... Me dijo que pasaba de la gente... nunca demostró
tener interés en hacer carrera budista. Sólo quería
saber cosas...".
Cómo ocurre con el resto de las pasiones , el "avaro"
de este sistema psicológico y esotérico de conocimiento
del alma humana que es el eneagrama no es precisamente el avaro de Moliere
ni el mercader de Venecia de Shakespeare. Al eneatipo 5 no le impulsa
generalmente el ansia de dinero o riquezas, sino, en todo caso,
el anhelo de acumular conocimientos, claves para comprender la existencia,
sistemas para entender mentalmente el funcionamiento del mundo y del
universo y, de alguna manera, controlarlo protegiéndose así
de sus muchos imprevistos.
Pero esta búsqueda del Tótem, de la sociedad perfecta,
del Maestro iluminado, de la solución definitiva a los males
del mundo, caracteriza sobre todo a uno de los subtipos de este carácter:
el "Cinco social". En realidad,
la verdadera pasión del Cinco es la economía de
medios: no desperdiciar energía -pues cree que la que
tiene es limitada- y por energía entiende tiempo, palabras, sentimientos,
movimientos... Prefiere pensar a actuar, prever a arriesgarse, lo conocido
a lo sorpresivo. Y todo ello, porque su excesiva
sensibilidad y fragilidad emocional le obligó desde pequeño
a subir la emoción a la cabeza: pensar le mitigaba el dolor de
sentir. Sentir tal vez la ausencia paterna o materna,
o su opuesto: la intromisión permanente en su
esfera personal de un padre, o de una madre, absorbente y dominante.
En muchos casos, quienes desarrollaron este carácter en la infancia
tuvieron que crearse un mundo interno y aislarse, para protegerse de
la falta de espacio físico y psíquico propio de una familia
numerosa o invasiva.
Quizá podría llamársele más que avaro,
"observador".
Los Cinco son observadores de la vida. Evitan aglomeraciones y actos
sociales y, si se ven obligados a asistir a ellos, intentan pasar desapercibidos,
alejarse de los focos, situarse en algún rincón desde
donde poder observar y controlar las posibles vías de escape,
antes de que alguien pueda agobiarles con sus demandas. Recuerdo a este
respecto los hábiles mecanismos, muy bien descritos por uno de
mis pacientes, con los que se las había ingeniado durante la
adolescencia para no acudir nunca a ningún cumpleaños
ni baile con amigos -en su época se llamaban "guateques"-
y ni siquiera pisar durante sus cinco años de carrera el bar
de la Facultad: hasta tal punto le producía terror la "masa
humana". Según contaba, pasaba por ser parco en gestos
y palabras, casi misántropo, pero podía enchufarse a hablar
durante horas con algún amigo de confianza, aunque siempre sobre
temas objetivos -política, arte, espiritualidad, esoterismo-,
pero nunca de sus emociones. Podía aplicársele al pie
de la letra varias de las características que, según Claudio
Naranjo, caracterizan este rasgo: una paradójica
insensibilización frente a la emoción ajena, por su exceso
de hipersensibilidad, baja tolerancia al dolor y miedo al rechazo.
En el interior de su aparente huraña torre, ocultaba una ternura
inofensiva, como si quisiera "caminar
sin dañar la hierba que pisa".
El "observador"
puede parecer a veces distraído y absorto en su propio mundo,
pero difícilmente se le escapan los detalles que le interesan
para mantener todo bajo control. De hecho, suelen paliar su sensación
de aislamiento interior creando un mundo de relación mental.
Para él, una mirada, un silencio, la simple compañía
de alguien, un recuerdo... cobran una dimensión intimista, especial
y singular, que pueden llegar a conformar un entramado personal de importantes
relaciones subjetivas, aunque el otro, los demás, puedan no llegar
a enterarse nunca de lo importante que es su existencia para el Cinco.
Y esto, porque tiene una especial capacidad para recrear las situaciones.
De hecho, puede vivirlas con más intensidad a posteriori
que en el momento en que se están produciendo. Es como
si entre la vida y él siempre hubiera una especie de
cristal que atenuase las sensaciones físicas y el menor
atisbo de sentimiento. Es difícil verle llorar en público.
Si se le pregunta cuando es la última vez que lloró en
privado, tal vez hayan pasado varios años.
A pesar de que puedan vivir con poco y escatimar el dinero en la propia
comida o en la ropa que visten -que les puede durar años-, son
capaces de hacer espléndidos regalos, quizá porque les
sea más fácil conectar con las necesidades ajenas que
con las propias, que suelen minimizar o ignorar. Existen casos famosos,
como los multimillonarios Howard Hughes o J. Paul Getty, que no sólo
vivían sin lujos, sino que dieron muestras de tener hábitos
mezquinos hacia sí mismos, como no tomar nunca un taxi o utilizar
siempre para sus llamadas un teléfono público. En el aspecto
positivo, por ejemplo, fue asombrosa la capacidad de Emily Dickinson
para expresar profundas intuiciones y visiones en sus poemas, con una
singular economía de sintaxis y palabras. Podría decirse
que la quintaesencia de la "poesía 5" son los "haikus"
japoneses: tres versos de cinco y siete sílabas capaces de expresar
toda una vida o condensar vivencias universales.
Cuando, en la famosa novela de Herman Hesse inspirada en la vida de
Buda, se le pregunta al joven príncipe Sidharta cuando va a pedir
trabajo que qué sabe hacer, él da una respuesta muy reveladora
de su "rasgo cinco": "Pensar,
ayunar y esperar". Los Cinco suelen ser
buenos consejeros, pues tienen una visión general y objetiva
de las cosas, saben escuchar muy bien y pueden mantener la calma en
cualquier circunstancia, distanciándose de los remolinos emocionales.
Es el tipo de persona que a cualquier político o empresario le
puede convenir tener en su equipo, siempre que tenga cuidado en no interferir
en su modo de trabajar ni le atosigue con horarios o compromisos y,
sobre todo, nunca le exija dar la cara frente al público ni en
situaciones conflictivas. Un "observador-avaro"
preferirá no desgastarse, no implicarse demasiado en una situación,
hacer mutis por el foro, cualquier cosa antes que verse en una situación
emocional en que tenga que manifestar desacuerdo o ira. Esto también
le lleva a aplazar indefinidamente decisiones importantes y a optar
generalmente por la vía que requiere menos desgaste de energía
y menos compromiso. Aunque, cuando se compromete, lo hace a fondo, tal
vez por lo mucho que tardó en decidirse y haberlo meditado cuidadosamente.
Si a los distintos países puede atribuírsele una pasión
dominante (la ira reprimida de la Inglaterra victoriana, la envidia
de la España tradicional), la Francia rural podría representar
la avaricia, con su predominio de la racionalidad y el cálculo
sobre la emotividad, ese individualismo a ultranza tan celoso de preservar
su espacio y su vida privada, y la preocupación por acumular
para el futuro, sobre todo, no gastando lo que se tiene en el presente.
Es sutil la línea que separa la objetividad y la distancia
que proporciona el desarrollo del "testigo
interno" en un auténtico buscador espiritual
del desapego patológico y del miedo a la verdadera intimidad,
a todo lo que huela a implicarse con las miserias y las grandezas de
la vida cotidiana del falso "iluminado". Muchas personas
de este rasgo se sentirán atraídas por una vía
espiritual con el único deseo de no sufrir, de estar
por encima del bien y del mal. Si se dan cuenta de esta trampa, tienen
ganado medio camino en el proceso de ampliar la conciencia para conectar
con la realidad sin interferencias. El CINCO puede
llegar a un alto grado de sabiduría cuando pone su objetividad
y capacidad de escucha y análisis al servicio de los demás,
sin ocultarse ni refugiarse en el mundo del pensamiento. Cuando puede
superar su miedo a que ser querido le va a suponer la pérdida
de libertad. Cuando es capaz de mostrarse y de entregarse sin reservas,
porque entonces se da cuenta de que la Vida se desgasta, pero también
se renueva constantemente y de que todo lo que da lo recibe aumentado
con creces.
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LA
MISANTROPÍA
De cuerpo desvitalizado y de espaldas a la ciudad, con mirada
ávida de conocimientos, atesorándolos en su turbante
donde toda su energía se concentra. Su cuerpo termina en
un débil pero elegante caracol que se enrosca para dentro.
Entre la ciudad y ella: el vacío, la distancia.
El número 5 está escrito en el lomo del libro que
escoge de la librería. Hay unas letras escritas en oro
que entran por un hueco de su turbante y dicen: "Si me abro
al mundo acabaré".
La ciudad, hecha en pan de oro, compensa y equilibra la composición
por la izquierda.
La técnica utilizada es óleo, collage y pan de oro
sobre tabla. Sus medidas son 122 x 60 cm.
La ilustración pertenece a la serie"Nueve
Pasiones" de Ana
Roldán, pintora española especializada en el
retrato y la acuarela, que comienza ahora una nueva andadura en
su pintura, en la que se integra todo lo aprendido, todo lo vivido,
y en donde se funden los tres centros vitales: el emocional, el
intelectual y el visceral, para representar así, intuitivamente
a unos personajes cargados de simbolismo y color, en todas sus
facetas espirituales y psicológicas. Más información
de la autora en su sitio web www.anaroldan.com.
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