LAS PASIONES CAPITALES
4. LA ENVIDIA
De pequeños nos enseñaron que la envidia era "la
tristeza del bien ajeno". Cuando recitábamos las
virtudes correspondientes, cantábamos a coro: "contra
la envidia, caridad". El mensaje era claro: había
que alegrarse del bien ajeno, aunque uno careciera de él
y lo desease con toda el alma, ya fuese el nuevo juguete de nuestro
vecino que era hijo único, sacar las notas del empollón
de turno o, simplemente, la atención y los mimos recibidos por
nuestra hermanita recién nacida.
Sin embargo, quienes se hayan dominados por esta pasión capital
no son siempre aquellas personas entristecidas y enfurruñadas
por lo que otros tienen -aunque también las haya-, sino fundamentalmente
las que, en algún momento de su infancia, perdieron -o creyeron
perder- su pequeño paraíso: su derecho de nacimiento,
generalmente el amor paterno o materno. Ese profundo dolor infantil
se transformó poco a poco en una especie de melancolía
nostálgica, de carencia
irremediable, no ya de lo ajeno, sino de algo
propio, que el destino les arrebató, muchas veces con
la llegada de un nuevo hermano o hermana o la ausencia repentina e inexplicable
del padre o de la madre.
El trauma es en ocasiones tan temprano o tan profundo que ni siquiera
lo recuerdan. Lo que sí saben es que, ya desde pequeños,
se consideraban un poco víctimas y, por ello, especiales:
con más derecho a la compasión de los demás, por
un lado, pero superiores en sensibilidad y capacidad de sufrimiento,
por otro. Gradualmente entraron en un círculo vicioso que conformó
un determinado carácter, que también podría llamarse
"romántico" o "de sensibilidad artística".
En líneas generales podría decirse que la infelicidad
interna, el aislamiento interior, el sentirse un poco perdidos en un
mundo en el que los demás parecen ser más felices, les
lleva a aumentar su añoranza de recuperar el paraíso perdido,
a través de anhelar las oportunidades y relaciones perfectas
que puede ofrecer la vida; cuanto mayor
es este anhelo, mayor es el mundo de fantasías que se forjan
y mayor la desconexión con sus necesidades más básicas
y sencillas; el riesgo principal: perderse totalmente,
cayendo en una especie de abismo interior de sufrimiento, cuya causa
principal desconocen y al que acaban acostumbrándose como parte
de su identidad y de su visión general del mundo.
Otro círculo vicioso que producen en las relaciones algunas
de las personas caracterizadas por la "envidia-carencia"
es la de ponerse en estados de niños desvalidos, para manipular
la ayuda de los demás. Cuando éstos se dan cuenta y manifiestan
su resentimiento por haber hecho algo que no querían realmente
hacer, aquéllas se sienten perseguidas, justificando así
su estado inicial de víctimas.
A pesar de que los subtipos de este rasgo son muy diferentes entre
sí, la característica general podría ser la
sensación permanente de carencia: siempre
les falta algo para ser felices. De mi vuelta alrededor
del mundo, recuerdo, entre otros tipos de viajeros, una subespecie que
sólo después de haberme introducido en el estudio de los
eneatipos he logrado comprender: si contemplábamos las aguas
esmeraldas de Bora-Bora en medio de la Polinesia, no eran tan cristalinas
como las aguas turquesas del Caribe; si saboreábamos un magnífico
arroz con salsa de curry en Bombay, añoraban el picante del chile
mexicano; los amaneceres del lago Toba eran más espectaculares
que los del Titicaca, cuando estábamos en Bolivia. Sin embargo
añoraban volver al altiplano boliviano, cuando estábamos
en Sumatra... Siempre la eterna insatisfacción
producida por lo que falta en el presente y lo que se perdió
en el pasado de los "Cuatro". Además entre ellos abundaban
los "pupas", que parecían atraer percances y desgracias.
Cuando contaban viajes pasados tenían una memoria selectiva para
recordar especialmente sinsabores, como pérdidas de tren, estafas
en los precios, cucarachas en los hoteles... Uno no sabía si
ayudarles o enviarles con un billete de vuelta de patitas a sus respectivos
países.
No obstante, mientras que el subtipo enojado -el "cuatro
odio"- reclama abiertamente lo que le falta, suele ser impulsado
por el rencor o el resentimiento y puede lograr grandes éxitos
con el motor interno de la competitividad, adoptando a menudo una actitud
arrogante (como Rimbaud, que exigía fama y adhesión incondicional
a su poesía, incluso antes de que ésta fuera publicada,
lo que refleja muy bien sus relaciones con Verlaine), el subtipo llamado
"social" mostrará más
su tristeza y vulnerabilidad, como medios de conseguir ser ayudado para
obtener lo que necesita. Marcel Proust, por ejemplo, llegó a
desarrollar un asma psicosomático, para aumentar melodramáticamente
su necesidad de ser cuidado. No podía quedarse solo, pero tampoco
podía salir al mundo, que era para él un lugar inhóspito
y amenazador. En las relaciones con quienes le visitaban combinaba una
excesiva modestia, gran facilidad para ofenderse y una tendencia reprimida
al sarcasmo. Por su parte, el subtipo llamado de "conservación",
según la terminología acuñada por Claudio Naranjo
("Autoconocimiento transformador. Los eneatipos en la Vida, la
Literatura y la Clínica", Ediciones La Llave) pone su sensibilidad
a servicio de los necesitados, de las víctimas de las injusticias,
como Tolstoi, cuyo humanitarismo constituyó la inspiración
más importante de Gandhi, Van Gogh, misionero antes de ser pintor,
o Lawrence de Arabia, dedicado durante años a la causa árabe
con una austeridad casi masoquista.
Las personas cuya personalidad tiene como pasión dominante
la "envidia"
suelen tener menos resistencias a acudir a una terapia. Es frecuente
que sus sesiones sean ocupadas por quejas, catástrofes, desgracias
y temores, y que sólo de vez en cuando, o muy al final de la
sesión, puedan mencionar, de paso y sin darle importancia, algún
progreso importante, una buena noticia, algo que les ha ido bien en
la semana. No suelen recibir bien los apoyos psicológicos, morales
ni emocionales, pues piensan que no se los merecen, que son estrategias
terapéuticas, que "más dura será la
caída", que... algo puede amenazar su identidad
de víctimas, arrancarles su hábito cuasi gozoso
de ser sensibles al sufrimiento.
Normalmente captan muy bien los estados emocionales ajenos, sobre
todo si son estados de carencia, de tristeza, depresivos, de sufrimiento.
No es por ello infrecuente encontrar a médicos, psiquiatras,
terapeutas, sacerdotes, consejeros, enfermeras y profesionales de ayuda
en general entre las personas que pueden identificarse con este rasgo.
Las penas ajenas les hacen sobrellevar las suyas y, además, vibrar
en el grado de intensidad suficiente para mantener un alto nivel de
emotividad.
Así como la Inglaterra victoriana puede ser calificada en este
sistema del Eneagrama como afín al Uno -la ira reprimida-, parte
del carácter español podría ser tal vez el dominado
por la pasión capital de la envidia, con sus dosis de melodrama,
masoquismo y solidaridad con las víctimas. Nunca encontré
en otras lenguas esa expresión tan española, aunque afortunadamente
cada vez más en desuso, de "se cayó con todo el equipo",
frase que se aplicaba a un político caído en desgracia,
a un jefe de oficina destituido, a alguien que se arruinaba o a cualquier
vecino que sufría una desgracia aparentemente merecida.
Helen Palmer, destaca entre las personalidades famosas pertenecientes
a este carácter a Orson Welles, Bette Davis, Joan Baez, o la
bailarina Martha Graham, que dio inicio a una escuela de danza en la
que se expresa el inconsciente humano a través de movimientos
corporales que transmiten visualmente los dramas internos. Erróneamente
incluye en este carácter a Orson Welles, qien probablemente se
acerca más al “patrón ocho”, a Alan Watts,
sin duda un Siete y a Marlon Brando, que fue un Seis contrafóbico,
correcciones todas ellas avaladas por Claudio Naranjo cuando leyó
por vez primera los artículos que han dado pie a este libro.
Que no se desanimen quienes hayan reconocido algunas características
de su carácter en estas líneas. No existen caracteres
peores ni mejores, ya que, por definición, todo carácter
es una defensa frente a la espontaneidad y libertad del Ser. Sin embargo,
podrían avanzar más fácilmente en el camino de
la autoaceptación y de la desidentificación tomando conciencia
de que:
1) No existen remedios mágicos e instantáneos
para paliar la pérdida original. Sólo vale aceptarla.
2) El lamento no vale para nada y nunca es demasiado tarde para empezar
de nuevo.
3) No se es especial por sufrir más o de modo diferente.
4) Se puede apreciar lo que es fácil de conseguir.
5) Las cualidades que envidian de los demás están potencialmente
dentro sí.
6) Para solidarizarse y ser útil no es necesario fusionarse con
el dolor ajeno.
7) La tristeza no es un enemigo a combatir sino un aliado del que sacar
profundidad y compasión.
En definitiva, las personas cuya pasión dominante es la "envidia-carencia-tristeza"
pueden aprovecharse de ella para acercarse al centro de su Ser, pues
ese vacío y dolor existencial, si no es llenado con falsas ilusiones
de futuro, puede ser un vacío fértil
y un dolor cargado de frutos. Como muy sencillamente enunció
Buda, el sufrimiento -enfermedad, vejez y muerte-
es la esencia de la vida, pero existe una Vía de liberación
del mismo. Los "CUATRO" pueden transformar su hábito
de sufrir por un sufrimiento consciente y empático con todos
los seres vivos y llegar la verdadera COMPASIÓN
BÚDICA. Entonces se dan cuenta de que
lo tenían todo desde el principio y de que nunca perdieron ni
carecieron de lo Esencial, que, por propia naturaleza, es ETERNO.
|
"Pasiones Capitales" es un aporte
de Alfonso
Colodrón - Terapeuta Gestáltico y
Consultor Transpersonal.
Nota del autor: revisando las fotocopias de
todos mis artículos, aparecieron unas correcciones que
me hizo Claudio [Naranjo], cuando leyó la serie, referidas
al 4. Basándome en Helen Palmer, atribuí este carácter
a Marlon Brando, quien, según Claudio [Naranjo] es un 6
contrafóbico, Alan Watts, que fue un 7, y Orson Welles,
que fue un 8. |
|
EL
ANHELO
Lánguidamente tumbada, con los ojos melancólicos
y húmedos, se dispersa, dejando volar sus sueños
y anhelos que en forma de mariposas salen por la ventana, buscando
la magia que llene su vacío interior, su paraíso
perdido.
Espiritual y artista -pincel en mano- se rodea de la belleza del
color para compensar el sentimiento de carencia. Bajo ella, las
olas de las emociones enmarcadas de pepitas de pan de oro terminan
atrapando un número 4 en rosa. La técnica utilizada
es óleo, collage y pan de oro sobre tabla. Sus medidas
son 100 x 70 cm.
La ilustración pertenece a la serie"Nueve
Pasiones" de Ana
Roldán, pintora española especializada en el
retrato y la acuarela, que comienza ahora una nueva andadura en
su pintura, en la que se integra todo lo aprendido, todo lo vivido,
y en donde se funden los tres centros vitales: el emocional, el
intelectual y el visceral, para representar así, intuitivamente
a unos personajes cargados de simbolismo y color, en todas sus
facetas espirituales y psicológicas. Más información
de la autora en su sitio web www.anaroldan.com.
|
|