

© dinny
Erase una vez un sultán, dueño de la fe y del mundo.
Habiendo salido de caza, se alejó de su palacio y, en su camino,
se cruzó con una joven esclava. En un instante él mismo
se convirtió en esclavo. Compró a aquella sirvienta
y la condujo a su palacio para decorar su dormitorio con aquella belleza.
Pero, enseguida, la sirvienta cayó enferma.
¡Siempre pasa lo mismo! Se encuentra
la cántara, pero no hay agua. Y cuando se encuentra agua, ¡la
cántara está rota! Cuando se encuentra un asno, es imposible
encontrar una silla. Cuando por fin se encuentra la silla, el asno
ha sido devorado por el lobo.
El sultán reunió a todos los médicos y les
dijo:
Estoy triste, sólo ella podrá poner remedio a mi pena.
Aquel de vosotros que logre curar al alma de mi alma, podrá
participar de mis tesoros.
Los médicos le respondieron:
Te prometemos hacer lo necesario. Cada uno de nosotros es como el
Mesías de este mundo. Conocemos el bálsamo que conviene
a las heridas del corazón.
Al decir esto, los médicos habían menospreciado la voluntad
divina. Pues olvidar decir “¡Insh
Allah!” hace al hombre impotente. Los médicos
ensayaron numerosas terapias, pero ninguna fue eficaz. La hermosa
sirvienta se desmejoraba cada día un poco más y las
lágrimas del sultán se transformaban en arroyo.
Todos los remedios ensayados daban el resultado inverso del efecto
provisto. El sultán, al comprobar la impotencia de sus médicos,
se trasladó a la mezquita. Se prosternó ante el Mihrab
e inundó el suelo con sus lágrimas. Dio gracias a Dios
y le dijo:
“Tú has atendido siempre a mis necesidades y yo he
cometido el error de dirigirme a alguien distinto a ti. ¡Perdóname!”
Esta sincera plegaria hizo desbordarse el océano de los favores
divinos, y el sultán, con los ojos llenos de lágrimas,
cayó en un profundo sueño. En su sueño, vio a
un anciano que le decía:
“¡Oh, sultán! ¡Tus ruegos han sido escuchados!
Mañana recibirás la visita de un extranjero. Es un hombre
justo y digno de confianza. Es también un buen médico.
Hay sabiduría en sus remedios y su sabiduría procede
del poder de Dios”.
Al despertar, el sultán se sintió colmado de alegría
y se instaló en su ventana para esperar el momento en el que
se realizaría su sueño. Pronto vio llegar a un hombre
deslumbrante como el sol en la sombra.
Era, desde luego, el rostro con el que había soñado.
Acogió al extranjero como a un visir y dos océanos de
amor se reunieron. El anfitrión y su huésped se hicieron
amigos y el sultán dijo:
“Mi verdadera amada eras tú y
no esta sirvienta. En este bajo mundo, hay que acometer una empresa
para que se realice otra. ¡Soy tu servidor”.
Se abrazaron y el sultán añadió:
“¡La belleza de tu rostro es una respuesta a cualquier
pregunta!”.
Mientras le contaba su historia, acompañó al sabio anciano
junto a la sirvienta enferma. El anciano observó su tez, le
tomó el pulso y descubrió todos los síntomas
de la enfermedad. Después, dijo:
“Los médicos que te han cuidado no han hecho sino
agravar tu estado, pues no han estudiado tu corazón”.
No tardó en descubrir la causa de la enfermedad, pero no dijo
una palabra de ella. Los males del corazón son tan evidentes
como los de la vesícula. Cuando la leña arde, se percibe.
Y nuestro médico comprendió rápidamente que no
era el cuerpo de la sirvienta el afectado, sino su corazón.
Pero, cualquiera que sea el medio por el cual se intenta describir
el estado de un enamorado, se encuentra uno tan desprovisto de palabras
como si fuera mudo ¡Sí! Nuestra lengua es muy hábil
en hacer comentarios, pero el amor sin comentarios es aún más
hermoso. En su ambición por describir el amor, la razón
se encuentra como un asno tendido cuan largo es sobre el lodo. Pues
el testigo del sol es el mismo sol.
El sabio anciano pidió al sultán que hiciera salir a
todos los ocupantes del palacio, extraños o amigos.
“Quiero, dijo, que nadie pueda escuchar a las puertas,
pues tengo unas preguntas que hacer a la enferma”.
La sirvienta y el anciano se quedaron, pues, solos en el palacio del
sultán. El anciano empezó entonces a interrogarla con
mucha dulzura:
“¿De dónde vienes? Tú no debes ignorar
que cada región tiene métodos curativos propios. ¿Te
quedan parientes en tu país? ¿Vecinos? ¿Gente
a la que amas?”.
Y, mientras le hacía preguntas sobre su pasado, seguía
tomándole el pulso.
Si alguien se ha clavado una espina en el pie, lo apoya en su rodilla
e intenta sacársela por todos los medios. Si una espina en
el pie causa tanto sufrimiento, ¡qué decir de una espina
en el corazón! Si llega a clavarse una espina bajo la cola
de un asno, éste se pone a rebuznar creyendo que sus voces
van a quitarle la espina, cuando lo que hace falta es un hombre inteligente
que lo alivie.
Así nuestro competente médico prestaba gran atención
al pulso de la enferma en cada una de las preguntas que le hacía.
Le preguntó cuáles eran las personas con quienes vivía
y comía. El pulso permanecía invariable hasta el momento
en que mencionó la ciudad de Samarkanda.
Comprobó una repentina aceleración. Las mejillas de
la enferma, que hasta entonces eran muy pálidas, empezaron
a ruborizarse. La sirvienta le reveló entonces que la causa
de sus tormentos era un joyero de Samarkanda que vivía en su
barrio cuando ella había estado en aquella ciudad.
El médico le dijo entonces:
“No te inquietes más, he comprendido la razón
de tu enfermedad y tengo lo que necesitas para curarte. ¡Que
tu corazón enfermo recobre la alegría! Pero no reveles
a nadie tu secreto, ni siquiera al sultán”.
Después fue a reunirse con el sultán, le expuso la situación
y le dijo:
“Es preciso que hagamos venir a esa persona, que la invites
personalmente. No hay duda de que estará encantado con tal
invitación, sobre todo si le envías como regalo unos
vestidos adornados con oro y plata”.
El sultán se apresuró a enviar a algunos de sus servidores
como mensajeros ante el joyero de Samarkanda. Cuando llegaron a su
destino, fueron a ver al joyero y le dijeron:
“¡Oh, hombre de talento! ¡Tu nombre es célebre
en todas partes! Y nuestro sultán desea confiarte el puesto
de joyero de su palacio. Te envía unos vestidos, oro y plata.
Si vienes, serás su protegido”.
A la vista de los presentes que se le hacían, el joyero, sin
sombra de duda, tomó el camino del palacio con el corazón
henchido de gozo. Dejó su país, abandonando a sus hijos,
y a su familia, soñando con riquezas. Pero el ángel
de la muerte le decía al oído:
“¡Vaya! ¿Crees acaso poder
llevarte al más allá aquello con los que sueñas?”.
A su llegada, el joyero fue presentado al sultán. Este lo honró
mucho y le confió la custodia de todos sus tesoros. El anciano
médico pidió entonces al sultán que uniera al
joyero con la hermosa sirvienta para que el fuego de su nostalgia
se apagase por el agua de la unión.
Durante seis meses, el joyero y la hermosa sirvienta vivieron en placer
y en el gozo. La enferma sanaba y se volvía cada vez más
hermosa.
Un día, el médico preparó una cocción
para que el joyero enfermase. Y, bajo el efecto de su enfermedad,
este último perdió toda su belleza. Sus mejillas palidecieron
y el corazón de la hermosa sirvienta se enfrió en su
relación con él. Su amor por él disminuyó
así hasta desaparecer completamente.
Cuando el amor depende de los colores o de los perfumes, no es amor,
es una vergüenza. Sus más hermosas plumas, para el pavo
real, son enemigas. El zorro que va desprevenido pierde la vida a
causa de su cola. El elefante pierde la suya por un poco de marfil.
El joyero decía:
“Un cazador ha hecho correr mi sangre,
como si yo fuese una gacela y él quisiera apoderarse de mi
almizcle. Que el que ha hecho eso no crea que no me vengaré”.
Rindió el alma y la sirvienta quedó libre de los tormentos
del amor. Pero el amor a lo efímero no es amor.
Mawlana Yalal al-Din Rumi 150 Cuentos Sufíes extraídos del Matnawi Ed. Paidos Orientalia Comentario del Murshid Nawab en el retiro de Bogota, Marzo
de 2001: Después de un tiempo, el efecto de la poción desapareció, pero ella comenzó a pensar más profundamente en la situación y comprendió que a pesar de todas las circunstancias, el rey siempre la había amado y que inclusive el rey había sacrificado su felicidad por la de ella. Y así, ella entendió que ella le debía mucho más a él de lo que él le había dado. Bueno... , cómo salió ella de la situación, la historia no lo cuenta. Y realmente esta es la película del alma, el apego al mundo y el amor de la Divina Presencia. La joven mujer representa nuestra alma, que es amada por el rey, el Divino Rey, que sólo quiere darnos todo lo que necesitamos. Entonces nos intoxicamos con nuestra vida en la tierra, que está representada por el amor de la mujer hacia el orfebre. Pero si con la ayuda del alquimista, reconocemos la visión futura del orfebre, esto nos ayuda a reconocer la verdadera situación, que es lo que los sufis llaman morir antes de la muerte. Cuando el alma ve el destino que le espera al cuerpo, ese amor temporal cambia" |